miércoles, 3 de septiembre de 2014

STONEHEAVEN: UN MOMENTO QUE QUEDA MARCADO

Ese día fue sencillamente magnífico, no así el desayuno, que tuvimos que hacerlo en un supermercado.
Nos dirigimos directamente al monumento de William Wallace. Para acceder a la torre hay un bosque y dos rutas: la corta y la larga, ni que decir tiene que cogimos la larga: era nuestro primer contacto con la naturaleza escocesa y no nos defraudó.




Después de un paseo precioso, en el que nos entretuvimos bastante haciendo fotos por todas partes, llegamos a la preciosa torre. No había mucha gente así que pudimos subir la angosta escalera de caracol sin mucho problema.


Cada cierto número de de escalones hay unas habitaciones donde se cuenta la historia de William Wallace y también hay una sala dedicada a personalidades escocesas como sir Walter Scott o el poeta Robert Burn. También está la espada de Wallace que es tan alta como una persona adulta, impresionante.



Seguimos subiendo a pesar de aire tremendo que hacía y que se colaba por los ventanucos, pero en comparación con la parte de arriba era una brisilla. Madre mía! daba miedo separarse de la pared para asomarse, yo pensaba que me llevaba la ventolera, pero las vistas son magníficas. De hecho, se ve la isleta en la que se produjo la batalla que aparece en la película Braveheart y que representa la primera victoria de Wallace sobre los ingleses.



Después regresamos a Perth a comernos el bocadillo al lado del río que pasa por la ciudad y seguimos nuestro día hacia el lugar más mágico de toda la luna de miel: Stoneheaven
¡Qué preciosidad!
El castillo en ruinas encima del acantilado. Por cierto que es el castillo donde Wallace quemó a un centenar de soldado ingleses encerrándolos en la capilla.




Las vistas son bellas hasta decir basta. Hacía un viento que daba miedo, pero merece la pena.


Una vez estuvimos dando vueltas por esa zona bajamos a la playa que había a los pies del castillo. Y ahí tuve de esos momentos en los que estás en silencio tanto por fuera como por dentro, sólo disfrutando del sonido del mar, las gaviotas y mis pasos por las rocas.




Vimbrio se bañó en el agua, por supuesto.
Nos llovió también y vi algo que nunca antes había visto: un arco iris perfecto, es decir, el arco perfecto con su principio y su final que daba al agua.



Fue uno de los momentos más mágicos de toda mi vida.
No sé siquiera cuánto tiempo estuvimos allí, pero quedé hondamente impresionada y emocionada por el lugar y por el silencio (hasta que llegaron unos italianos dando voces)
Al día siguiente, entraríamos en las Highlands... la magia de Escocia nos atraparía para no soltarnos más!

martes, 2 de septiembre de 2014

LLEGADA A PERTH DESPUÉS DE DAR MUCHAS VUELTAS

Después del desayuno, volamos hacia el centro porque nos esperaba el castillo de Edimburgo. Me gustó mucho a pesar del viento frío que corría, sobre todo me gustó toda la zona donde se encuentran las joyas de la corona escocesa, descubiertas por sir Walter Scott.
También había un profesor de música que mostraba en un gran salón instrumentos renacentistas y, por supuesto, Vimbrio se interesó muchísimo y hasta tocó alguno.




Después de comprar unos bocatas en un sitio muy cuqui-hippy llamado Black Medicine, cogimos el coche (que ya Vimbrio manejaba sin problema) y pusimos rumbo a Stirling.
El pueblo es una preciosidad, me gustó mucho y, si no hubiésemos ido antes al castillo de Edimburgo, habríamos entrado al de Stirling, pero dos castillos en un día con todos los paisajes que podíamos ver, como que no...


Estuvimos paseando por los alrededores del castillo, el cementerio antiguo que tiene unas vistas impresionantes, la cárcel e incluso vimos a lo lejos la que parecía la torre de Rapunzel rodeada de bosque, que me fascinó... luego descubrimos que era el monumento dedicado a William Wallace.




También tomamos café (éste sí era medio decente) en un rinconcito muy bonito junto a una ventana llena de flores y con vistas a la plaza... precioso!
Vimbrio quería ir al pueblecito de st. Andrews y al monumento de Wallace, pero, como el primero estaba lejos, decidimos dejar la torre para el día siguiente.
Esta parte de la tarde no me gustó mucho, es decir, el paisaje muy bonito, pero fueron dos horas de viaje por carreteras llenas de curvas y cuando llegamos a st. Andrews ya era tarde y sólo estuvimos 15 minutos y me dio coraje porque el pueblo se veía muy bonito, pero aún nos quedaba una hora y pico para llegar a Perth, así que fue una tarde casi perdida subidos en el coche.





Menos mal que el paisaje hasta Perth es precioso, sobre todo cuando cruzas un puente sobre un entrante de mar que es impresionante.
Llegamos por fin al hotel a las 8 de la tarde. Los dueños son un matrimonio ya mayorcete. El marido nos recibió como si fuésemos familia, nos pareció super simpático (luego nos dimos cuenta que estaba un poco piripi). La habitación nos encantó, de las más bonitas en las que hemos estado (hemos tenido bastante buena suerte con las habitaciones).



Soltamos las maletas inmediatamente y nos fuimos a buscar un sitio para cenar. Entramos en una pub muy chulo pero resulta que dejaban de servir cenas a las 8 de la tarde y ya eran las 8:30. Preguntamos a los porteros y nos dijeron que era muy difícil encontrar un sitio que sirvieran cenas a esas horas, salvo un chino. Yo lo siento, pero no me gusta nada la comida china y sólo de pensarlo se me cortaba el hambre, menos mal que vimos un hundú.
Ha sido uno de los sitios más pijos en lo que hemos entrado, pijo en cuanto al servicio y el trato que no en los precios, menos mal. Comimos maravillosamente bien y super contentos con el lugar.
Salimos a la calle y no había un alma, silencio total y absoluto, eso, unido al cansancio del día tan completito, nos hizo volvernos al hotel porque la verdad es que la ciudad no invitaba a pasear por la noche y encima, para llegar al hotel, había que caminar más de 10 minutos por un parque oscuro y solitario, así que, nada, a la ducha y a la cama!
El día siguiente sería uno de los más bonitos de la luna de miel. Iríamos al monumento a William Wallace y sobre todo a Stoneheaven que me sobrecogió...

lunes, 1 de septiembre de 2014

EDIMBURGO: HASTA LA MÉDULA

Imposible aprovechar más una ciudad en un día, imposible!
Catorce horas recorriéndola, de arriba a abajo, de este a oeste. Hasta cogimos un bus turístico, que no lo hacemos nunca, pero Edimburgo es demasiado espectacular como para que te falte algo por ver, aunque sea de pasada.



Primero fuimos a la Royal Mile, que además de lo monumental y antigua que es, como estaba el festival, tenía una animación como nunca imaginarías en una ciudad de la Gran Bretaña.
En un principio dijimos de entrar en el castillo, pero todo lo que veíamos era tan impresionante que me podían los nervios y quería verlo todo antes de meterme en un sitio concreto, así que no pasamos de la puerta.



Sí entramos en la catedral de san Giles (creo que se llamaba así) que era gratis la entrada (aunque hacer fotos costaba 2 euros) y vale mucho la pena, es preciosa.




Luego estuvimos investigando por los callejones adyacentes, los llamaos closes, que nos tuvo muy entretenidos durante un buen rato. Bajábamos por uno a la parte nueva de la ciudad y volvíamos a subir por el siguiente. Lo que tendría que ser pasar por esos callejones al anochecer antiguamente, con razón hay una ruta gótica que pasa por esos rincones, incitan mucho a la imaginación y a los relatos de miedo. Sobre todo nos gustó the stair´s lady que daba directamente al museo de los escritores que se encuentra en una plazoletita con mucho encanto.






Como llevábamos ya unas pocas horas andando que mejor manera de descansar que sentada en un autobús turístico con el que recorrimos tanto la ciudad antigua como la moderna y así descubrimos que la New Town es impresionante de bonita, con sus avenidas, calles anchas y tiendas preciosas, así que decidimos que después del almuerzo nos dedicaríamos a pasearla.
Como hacía buen tiempo, comimos los bocatas en el césped de los jardines de Princess st., que tenían ambientazo porque la gente tuvo la misma idea que nosotros y el parque estaba llenito de gente y de familias con los niños. Ah! se me olvidó decir que Vimbrio por fin se compró su low wisthle, otra flauta más!




Y cuando hubimos comido y descansado, nos fuimos a la parte nueva, por supuesto entré en Accesorize, en Paperchase y en Cath Kidston que son mis tres tiendas favoritas de ahí arriba y como se acercaban las 5 de la tarde nos fuimos a tomar el té a una tetería super cuqui, que yo había visto desde el autobús.
También, desde el autobús, vimos que había una feria del libro y allí que nos dirigimos y eché el ojo a una edición preciosa que había de los cuentos de Beatrix Potter y que caería al día siguiente.





Volvimos a la parte vieja, estuvimos en su cementerio, conocimos al perrito Bobby, tomamos un par de pintas en un pub irlandés...



Se acercaba ya la hora de la cena (sobre las 7:30 de la tarde) y encontrar una mesa libre era toda una odisea, además ese día estábamos controlando la hora porque queríamos volver a ver la bajada de los gaiteros. Después de entrar y salir de muchos pub de Grassmarket, encontramos una mesa libre casi por casualidad y ese día mi cena fue un fracaso, porque me pedí una patata asada con hagis y no me lo pude comer, qué asco de hagis! menos mal que a Vimbrio le pusieron unas patatas fritas con su plato y algo le eché al estómago.


Cuando Vimbrio hubo cenado nos fuimos a coger buen sitio para ver a los gaiteros. De nuevo me emocioné mucho con su Scotland the brave.
Y ya no había más fuerzas para seguir andando, sólo cortar camino por un close (ahí sí pude notar más el encanto de esos túneles pues no es lo mismo hacerlo a la luz del día que a las 11 de la noche) coger el bus y volver al hotel... hacía 14 horas que habíamos salido camino de una ciudad que embruja!