viernes, 26 de julio de 2013

Los duendes de las botas

Esta historia me la contó una vieja medio loca en Triacastela. Yo la he convertido en relato, para que sea más fácil de leer. Ahí va!

Era otoño. El frío del norte y la poca compañía hacía que me concentrase aún más en el dolor de mis pies. Cada paso era una maldición que me subía por dentro, como si andase sobre miles de alfileres demasiado aguzados y largos. Por eso andaba muy lentamente, y me había acabado quedando solo.

Bajaba por un camino de ensueño, poco después de una dormida aldea llamada San Xil. Los árboles formaban un pasillo, y las piedras del camino y de los muros que lo cercaban tenían el tono de la piedra mojada y el musgo. Me paré y me descalcé. El lugar era mágico, pero el dolor me sacaba de aquella ilusión a latidos cortos y profundos.

De pronto vi algo extraño. Era como una pequeña bruma, como un espejismo que parecía tener una forma conocida, pero que al instante cambiaba y se deshacía en volutas evanescentes y brillantes. Lo único que no desaparecía eran cuatro puntos de luz, que cambiaban continuamente de color. Pronto comencé a escuchar un canturreo, que sonaba como si un niño -o un pájaro- cantase desde el fondo de un pozo. Unas risas me helaron la sangre, y traté de calzarme para salir corriendo, pero se me cayó una bota y estuve a punto de caer al suelo. La bota rodó brevemente y cayó entre unas piedras, y los puntos de luz y la bruma flotaron hacia ella, la recogieron y la posaron frente a mí.

<<Qué corazón más pequeño tiene este humano>> -oí, con esa voz extraña y aguda. <<Qué pena, mírale los pies>> -dijo otra, en un tono algo menos agudo.

Entonces, como embriagado por aquel ambiente onírico, dije algo que me sorprendió: <<Si me ayudáis a caminar os doy lo que me pidáis>>. No hube terminado de decirlo cuando, consciente de lo extraño que era todo, un calambre de terror recorrió mi pecho y mis brazos.

El mismo impulso se apoderó de mi boca de nuevo, y oí que mi voz dijo: <<Si os metéis en mis botas caminaré rápido>>.

Volví a oír el canturreo y las risas: <<Eres tonto humano. Si andamos por ti con lo mal que tienes los pies sufrirás muchísimo>>.

<<Entonces id soplándome en los pies mientras camináis. Así seguro que se calmará mi dolor>>

Volví a escuchar más canturreos, risas y una conversación en idioma extraño. En un tiempo que me pareció eterno -de hecho ya estaba atardeciendo- volvieron a hablarme.

<<De acuerdo>> -dijeron. <<Pero nosotros no podemos alejarnos mucho de este bosque, así que te acompañaremos hasta que te vayas a dormir, y entonces nos volveremos a casa. Cada día tendrás que renovar el trato con alguno de nuestros hermanos>> -canturrearon con voz jocosa. <<Y como pago te pedimos una gota del agua que guardan en el gran templo donde tienen enterrado al hombre santo, esa que usáis los humanos para curar cosas y echársela a los bebés para asustarlos>>.

<<¿Y para qué queréis agua bendita?>> Dije sorprendido, esta vez menos embelesado.

<<¡Qué humano tan entrometido!>> -rieron a la vez. <<Sólo te diremos que nos queda lejos, y que algunos de nuestros mayores consideran esos lugares impíos para los nuestros>>.

Medité un momento. Sin saber si aquello era una alucinación producida por el dolor, o si me había vuelto loco, me dejé llevar y seguí la conversación. <<¿Cómo hago para daros el agua, si me tenéis que abandonar cada noche?>> -pregunté.

<<Cuando entres en el templo mójate un dedo en el agua, y trata de que nuestra gota no caiga al suelo. Sin que te vean sal de allí y lanza la gota al aire. Tenemos métodos para que, si lo haces bien, nos llegue hasta aquí>>

Acepté y se metieron en mis botas. Me calcé y comencé a andar, y en un par de minutos alcancé un ritmo impresionante. Siempre que me empezaban a doler las llagas una brisa me aliviaba. Ese día, después de todo el dolor y el sufrimiento, me permití incluso cantar de alegría. No llegué muy tarde al albergue, cansado y macerado por el camino. Pero con los pies mucho más reposados.

Mis compañeros de camino me recibieron con alegría, y yo les respondí con una alegría mayor. Festejamos frugalmente, con un poco de vino y buena comida, y cuando tuve un momento libre salí al fresco, me despedí de los seres y estos se alejaron canturreando nuestro pacto. Esa noche dormí como un niño que se siente seguro.

Al día siguiente me despertó un helor en las mejillas. Abrí los ojos y vi otras cuatro luces, rodeadas por un halo a veces vaporoso, a veces sutilmente sólido y con una forma vagamente reconocible. Acordamos el mismo pacto que el día anterior, preparé mi mochila y comencé a andar. Ese día fui el primero en llegar, para extrañeza de los demás peregrinos, y tuve que justificarme diciendo que me estaba recuperando bien. Por la noche me despedí de mis ayudantes, que volvieron a recordarme nuestro pacto. Ya eran dos las gotas que debía.

Así transcurrieron los días, sin más sucesos de interés que el extraño pacto que renovaba cada mañana y las suspicacias de algún compañero peregrino. Incluso uno llegó a decirme, airado, que lo mío tenía todos los indicios de ser brujería, y de la mala. Yo no respondí, más que nada porque no sabía qué era aquello.

Llegué a Santiago. Fue uno de los momentos más emocionantes y bellos de mi vida. La gente cantaba, lloraba, se abrazaban entre sí cuando alcanzaban la plaza grande de la catedral. Y yo, de la alegría, casi olvido mi pacto, pero un pellizco en el meñique izquierdo me recordó mi parte del contrato. Así que entré en la catedral y, tras sentirme sobrecogido por el trasiego de peregrinos, de devotos, la imagen del santo y la sensación de que aquello era un lugar mágico, me dirigí a una de las pilas de agua bendita. Antes de meter los dedos -seis eran las gotas que debía- vi de soslayo como alguien me señalaba. Era el peregrino que me había acusado de brujería, que hablaba enfurecido con un sacerdote. El sacerdote me lanzaba miradas inquisitivas, y comenzó a venir hacia mi. Entonces noté cómo el vapor salía de mis botas, y los cuatro puntitos comenzaron a volar por la catedral. Jugaron con el botafumeiro, escandalizaron a unas devotas, apagaron y encendieron la velas... Parecían divertirse mucho, mientras los peregrinos y visitantes corrían y gritaban. El sacerdote ya no me miraba, sino que estaba profundamente atento a aquel caos. Y yo aproveché y metí mis manos enteras en el agua bendita.


Salí corriendo, intentando no perder demasiada agua. Salí con bastantes problemas, pero salí con agua en mis manos. Entonces, en lo alto de la escalinata de la fachada de las platerías, levanté mis manos con rapidez. Las gotas volaron, escuché un chasquido agudo y lejano y, sabiendo que ya había cumplido mi parte del pacto, me perdí por las callejuelas del casco antiguo de la ciudad. Nunca volví a saber de aquellos seres extraños, y nunca volví a entrar en la catedral, por si aquel sacerdote sigue acordándose de aquel peregrino acusado de brujería, del cual surgieron las brumas que tanto trastearon en la catedral.

Cuarta etapa: Triacastela - Barbadelo

Ese día no íbamos a seguir el itinerario que teníamos, el cual indicaba que el final de la etapa estaba en Sarria. Como eran un total de 18´3 km y nos parecía poco, decidimos adelantar de la siguiente etapa y quedarnos en Barbadelo.
Aún así, era una etapa más floja que las anteriores, pero no fue así. 
El paisaje fue espectacular, al estilo asturiano. El Alto de Riocabo fue como entrar en un mundo antiguo y místico donde el verde intenso era el único protagonista, no apetecía ni hablar, sólo contemplar esos árboles, el musgo que lo cubría todo, las flores y el sonido de los pájaros. Fue el mejor día, en cuanto a belleza paisajística.




Lo malo y lo que hizo que se nos echara el tiempo encima fue, primero, que nos levantamos demasiado tarde, 6-6:30, y, segundo, mi rodilla. Al ser principalmente una etapa de bajada mi rodilla me hizo sufrir muchísimo, el dolor era insoportable, aunténticos bocados, así que tenía que ir muy lenta y a pasitos cortos.
La peor parte vino cuando llegamos a Sarria, casi todo el mundo se quedaba allí, era su final de etapa, ya podían descansar y, en cambio, a nosotros aún nos quedaba de una hora a dos de camino. Para colmo de males, teníamos que pasar por un montón de cuestas arriba y cuestas abajo (la de la salida del pueblo fue atroz, por empinada y por estar al lado del cementerio).
Ya era tarde, hacía calor, había moscas cojoneras (me tenían desesperada, aún más que el cansancio) y la llegada a Barbadelo era al pleno sol de las 2 de la tarde.
Llegamos agotados y doloridos. Además de la rodilla, comenzó a dolerme la antigua lesión que me hizo dejar el aerobic. Me sentía muy triste y pesimista. Encima estaba equivocada, se me metió en la cabeza que entrábamos en Santiago el viernes siguiente, cuando, en realidad, entrábamos el jueves.
Ese fue mi momento de inflexión, mi bajón anímico total.
Afortunadamente, después de la siesta, al levantarme, noté asombrada que no me dolía nada, me sentía fuerte, optimista e ilusionada.
Además, esa tarde fue estupenda en cuanto a la compañia. Volvimos a coincidir con Migue y Eva (la pobre también tenía los pies al estilo Kike), con Isa, el abuelo, los hermanos... En la cena fue lo más bonito y vivimos el auténtico encanto peregrino: cada uno aportó lo que tenía de comida y cenamos todos juntos. Fue genial y son esas cosas las que hacen que valga la pena los dolores y el cansancio.
A partir de ese día mi cuerpo se acostumbró a las largas caminatas y a los dolores y, lo mejor, es que ya no quedó nada de pesimismo, todo fue ilusión por llegar a Santiago. Empecé a disfrutar verdaderamente del Camino!!

jueves, 25 de julio de 2013

Tercera etapa: Laguna de Castilla - Triacastela

La etapa podía haber sido coser y cantar si mi rodilla y los pies de Kike nos hubieran dejado, pero no! Había dos tramos chungos de subida: la entrada a O Cebreiro y la Cuesta del Poio.
La primera la hicimos recién levantados, aún entumecidos, pero bien, sólo de pensar en tener que haber subido eso el día anterior se me ponían los pelos como escarpias. 



La segunda, más o menos a la mitad del recorrido, ha sido dura, pero yo no sabía que era la del Poio y Kike no me lo dijo para darme la sorpresa una vez que estuviese arriba. Ni que decir tiene el tremendísimo alivio que sentí, porque ya estaba yo amargada pensando que si esa cuesta no era la del Poio, Dios mío cómo sería de chunga!!!
Por cierto, que allí me encontré el bar más estratégicamente colocado de todos los que he visto en mi vida: subes a la cima con la lengua fuera y te encuentras el bar con la terracita. No hay peregrino que no entre a tomar algo!
En O Cebreiro entramos oficialmente en Galicia, pero no había ningún indicador y nos llevamos una decepción por no poder hacernos una foto.
El paisaje fue espectacular casi todo el tiempo, sobre todo, me gustó la subida al Alto de san Roque (patrón de los peregrinos), todo intensamente verde y fresco.



Lo malo, vuelvo a decir, que han sido las lesiones que llevamos arrastrando y que han hecho del final de la etapa algo interminable. Bueno las lesiones y los kilómetros gallegos, porque no creáis que los kilómetros en Galicia funcionan igual que en el resto de España, NOOO!!!
Preguntamos a dos hombres que estaban trabajando en el campo: "¿Cuánto queda para Triacastela? -Nada, son 3 km"
Una hora andando y ni asomo del pueblo por ningún lado
Preguntamos a un hombre que nos encontramos por el camino: "¿Cuánto queda para Triacastela? -Muy poco, sólo quedan 3 km" (!!!!!!!!!)
Al fin, llegamos, exhaustos, a Triacastela. La entrada al pueblo es preciosa porque tienes que atravesar un bosque de cuento. El albergue en el que teníamos reserva era Complejo Xacobeo, el mas bonito de los 3 en los que habíamos estado.


Para la etapa siguiente nos dijeron que el paisaje seguía siendo una preciosidad, sólo había que esperar para que tanto mi rodilla como las ampollas de Kike nos dieran un respiro.
Ese día ya empecé a sentir un fuerte deseo por llegar a Santiago. El Camino era toda una experiencia, pero mucho más duro de lo que yo había imaginado y había imaginado mucho.
Aún así, estaba muy contenta de seguir adelante y de vivir esto una vez en mi vida.
Posdata: ese día abandoné definitivamente el saco de dormir.

miércoles, 24 de julio de 2013

Segunda etapa: Villafranca del Bierzo - Laguna de Castilla

Ese día viví la prueba física más dura de mi vida. Realmente, no estaba preparada para lo que me esperaba porque, para más inri, Kike me había dicho que él no la recordaba tan fuerte (anda que ya le vale)
Salimos de Villafranca de noche y con linternas. Salir de noche tiene sus ventajas, pero a mí no me termina de gustar porque si hay un paisaje bonito no lo ves.
Antes del desayuno creí que lo pasaría fatal, no llevábamos caminando ni una hora y me sentía agotada y con las piernas muy pesadas, pero, al parar a desayunar en Trabadelo (entrada al pueblo absolutamente espectacular con ese bosque), me repuse muchísimo y cogí un ritmo que a Kike lo llevaba con la lengua fuera.
El camino fue una maravilla desde entonces: Vega de Valcarce, Las Herrerías, Ruitelán... pueblos la mar de bonitos, con casas adornadas de flores por todas partes, bosques, valles... todo de un verde precioso y el sonido del río, una delicia.



Lo malo comenzó al finalizar Las Herrerías. Comenzaba una ascensión de mil pares de narices, horrible. Lo único que podía hacer era concentrarme y no mirar buscando el final. En esos momentos Kike no me podía hablar, estaba muy metida en mi mundo y es que las subidas me vencen a nivel mental.
Lo bueno del primer ascenso fue el paisaje, parecía que estabas en Lothlorien. También fue estupendo la gente que iba subiendo con nosotros, sobre todo un grupo de chicos catalanes que venían con dos mujeres, todos ellos simpatiquísimos, amables... un gusto.


De todos modos y, a pesar de tanta belleza de paisaje y amabilidad peregrina, juré que no volvería a hacer la etapa de O Cebreiro nunca más.
Conseguí llegar al pueblo de La Faba muy contenta porque, supuestamente, habíamos superado lo más duro de la etapa... Ja! ingenua!!


La familia catalana se quedó en ese albergue, que se veía muy bonito, pero nosotros, animados por lo que habíamos conseguido, porque teníamos reserva en el albergue siguiente y porque nos dijeron que eran 2 kilómetros, continuamos con la esperanza de que en una hora, como mucho, estaríamos descansando.
Ahí comenzó realmente la prueba.
Eran más de las 12, llevábamos ya encima 7 horas caminando, el camino se estrechaba y disponía de poca sombra. La subida fue lenta, agotadora y dolorosa. Kike se quedaba atrás porque le habían salido ampollas por todo el pie.
En una parada para que medio se arreglara los pies, llegaron un montón de vacas que me pusieron de los nervios: Camino estrecho + Kike sentado + 12 ó 13 vacas!!!! Menos mal que las vacas pasaron tranquilamente y nos dejaron en paz, pero se me hizo eterno.
Seguimos hacia adelante (qué otra cosa podíamos hacer, estábamos en mitad de ninguna parte). El camino nunca acababa. Laguna no aparecía detrás de ningún recodo. Fue agobiante.
Yo no hacía más que pensar en la tarde que organizamos la ruta a seguir. Yo quería empezar en Sarriá porque era lo mínimo indispensable para que te dieran la compostelana, pero Kike me animó para empezarla desde Ponferrada al menos.
¡¡Maldita la hora en la que le hice caso!! ¡¡Qué necesidad tenía yo de sufrir tanto!!
Total, que la ascensión no terminaba y la impotencia llegaba ya a niveles máximos al igual que el cansancio, sin darme cuenta empecé a llorar de rabia y en esos momentos sí que me molestaba que Kike me hablase, lo veía como al culpable de todo.
Afortunadamente llegamos al albergue. Era muy bonito y limpio, pequeñito y acogedor. El techo de la habitación era abuhardillado y las camas no están pegadas como sardinas (cosa que nos dijeron que podía ocurrir en O Cebreiro).




Una vez bien comidos, duchados y descansados, nos sentamos al fresquito en la puerta. Se escuchaban truenos en la lejanía pero allí todo era calma. Conocimos a Migue y Eva y también a Alfonso y Esperanza. Pasamos una tarde estupenda hablando, riendo, comentando las incidencias de la etapa y planeando las siguientes. Fue estupendo!


Mañana comenzaríamos con lo que era el final de esta etapa: la subida a O Cebreiro. Se suponía que la etapa no sería tan dura y yo rezaba porque así fuese porque tenía agujetas en las agujetas y la rodilla izquierda me pegaba bocados.
A pesar de todo lo sufrido, es cierto que cuando llegas al albergue te sientes muy orgullosa de haber superado los dolores y la desesperación. Es una prueba que has superado y te das cuenta de tu fortaleza. La verdad es que es un sentimiento genial!

martes, 23 de julio de 2013

Primera etapa: Ponferrada - Villafranca del Bierzo

A las 6 de la mañana estábamos ya en punta. Aún no había amanecido del todo. Sellamos en el hotel y salimos. Por el camino ya nos íbamos encontrando peregrinos porque mucha gente inicia su peregrinaje desde Ponferrada.
Estuvimos andando a muy buen ritmo durante al menos 2 horas y paramos a desayunar en Fuentes Nuevas. Fue muy gracioso, le pedimos a la camarera una tostada con tomate y aceite y la muchacha no tenía porque, por allí, no se estila, así que pedimos mantequilla y mermelada y cuando las trajo nos preguntó que cómo era eso del tomate y el aceite porque muchos peregrinos se lo pedían y ella no tenía ni idea.
Retomadas las fuerzas continuamos nuestro camino siguiendo las flechas amarillas. Hubo un tramo precioso de bosques y vides. La gente nos saludaba y nos deseaba "buen camino" (la expresión que más se oirá a lo lago del camino). 


En Cacabelos, un hombre nos invitó a pasar a su casa para ver su patio, que no tenía nada que envidiar a los cordobeses (algo que descubrí en Asturias hace un par de años fue la cantidad de casas adornadas con flores. La fama la tiene Andalucía, pero por el norte adornan mucho más).
Y ya en Pieros comenzó la tortura. Eran ya sobre las 12 del mediodía, un calor de verano importante y había que comenzar a subir. Primero por asfalto, luego por mitad de las vides y por ultimo por monte. Dos horas subiendo y ni una mala sombra donde poder parar a respirar.
Fueron 5 kilómetros, creo, pero se me hicieron eternos. No quería ni que me hablasen (Kike puede corroborarlo). Al fin, llegamos a Villafranca. Pasamos por la puerta del Perdón. Antiguamente, el peregrino que por enfermedad no podía llegar a Santiago se quedaba aquí y tenía el mismo significado que la catedral compostelana.


Ahora había que encontrar el albergue porque queríamos uno más a la salida del pueblo. Al final, después de preguntar mucho y de dar muchas vueltas encontramos el albergue La piedra. Limpio, cómodo, bien organizado, con cocina perfectamente equipada y todo lo que necesitábamos.
Los pies me dolían, las piernas, los hombros del peso de la mochila, allí vino nuestra primera visita a una farmacia (no sería la última), pero había hecho mi etapa y eso siempre es algo que te anima.
Villafranca es un pueblo muy bonito y monumental, si hubiera estado en otras condiciones lo habría visitado bien, pero cuando estás haciendo el camino el turismo es secundario. De su plaza no pasamos, pero bien a gusto se estaba allí tomando algo fresquito.



Todo el mundo comentaba que al día siguiente vendría la etapa reina: subida a O Cebreiro. Yo, ingenua de mí, no sabía lo que me esperaba.
El despertador sonaría a las 4:30 de la mañana, había que ganar tiempo...

lunes, 22 de julio de 2013

Camino de Santiago: llegada a Ponferrada

La mayor aventura de mi vida comenzaba el 9 de julio, aunque, para ser más exacta, en realidad empezaría el día siguiente a las 6 de la madrugada. Ese día, a esa hora, iniciaríamos nuestro Camino a Santiago de Compostela.
Llegamos a Ponferrada después de salir de Málaga a la 1 de la mañana, desayunar en Madrid y salir para León. Atravesar España en autobús es una desesperación pero, como íbamos con toda la ilusión del mundo, no se nos hizo tan espantoso.


Ponferrada es preciosa y templaria, de hecho el nombre del temple y los caballeros están por todas partes, lo malo fue el calor que nos recibió, como Málaga en sus peores días de terral.


Lo mejor del día fue, sin duda, el descubrimiento, por casualidad, de un bar donde se comía de rechupete. Se llama "Relamidos", es céntrico pero está un pelín escondido y, por fuera, incluso se ve cutre, pero por dentro está muy bien y sobre todo se come que da gusto. Fuimos tanto para almorzar como para cenar. Lo más rico, las setas al cabrales, pero también nos pedimos un revuelto de papas con pimientos, salchichas y chorizos de ole. Cada plato 4 euros, pero con uno que te pidieras salías bien harta. El camarero estaba pendiente de nosotros en todo momento. Al final del día, después de la cena (un tapeíto y unas croquetas caseras que sabían a gloria), nos invitó al postre y, cuando fuimos a pagar, nos regaló una botella de vino y todo. Fue genial!!


También, ya por la tarde fuimos a por nuestras acreditaciones. Eso de estampar los sellitos me ha encantado. La compramos en el albergue municipal que, por cierto, tenía una capilla dedicada a la virgen del Carmen, que tiene mucha devoción por esas zonas.


Bien temprano estábamos ya en la cama. El día había sido agotador y apenas dormimos en el autobús y, para el día siguiente había que estar fuertes y despiertos. Salíamos hacia nuestra primera meta: Villafranca del Bierzo

domingo, 7 de julio de 2013

ZENTANGLE

Gran descubrimiento gracias a Vimbrio. Me ha enseñado la decoración y los dibujos zentagle y me tienen enganchadísima y además me relajan una barbaridad (cosa que me viene genial en esta semana tan larga y estresante). Total, que llevo un montón de cositas hechas en tres días...