Me ha llevado tiempo, pero es que no me sobraba precisamente.
Da igual, ya lo tengo listo. Lo he hecho desde cero, hasta el archivador es de fabricación casera con un trozo de cartón.
Hay que cosas que pulir pero para ser el primero me siento muy orgullosa.
La portada, me parece muy alegre con esas grandes letras de goma eva
El álbum es uno normal con sus hojas para meter las fotos, pero entre ellas he añadido alguna de mi propia cosecha.
Por cierto, tuve que cortar las hojas de un álbum que tenía a medio llenar y es que no quería uno comprado, quería que fuera casero para poder introducirle los adornos que yo viera oportunos. Al final a Vimbrio se le ocurrió que las cortara de ese álbum que polulaba por casa. Simplemente le pegué el borde con cartulina para añadirle los agujeros por los que meter las anillas... y ahora se me está ocurriendo que ahí puedo anotar los lugares y fechas de las fotos!!!
Qué buenos compañeros, caminantes y peregrinos!
Esa es la letra de Chove en Santiago, de Federico García Lorca, porque sí, porque nos llovió en Santiago. Hubiera sido una pena que no nos hubiese caído ni unas gotitas. Se hizo esperar, pero llovió!
Este es el cajón de sastre donde Vimbrio y Lillibit guardarán todas las cosas que les gusten y les llame la atención
Mostrando entradas con la etiqueta camino. Mostrar todas las entradas
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miércoles, 12 de marzo de 2014
martes, 6 de agosto de 2013
EPÍLOGO
Después de todo, llegué a mi casa. Después de los nervios, el dolor, las agujetas, la desesperación... pero también después de las risas, el buen ambiente, el compañerismo... después de todo, aquí estoy.
La vivencia se queda en el corazón y en la memoria. Hay que usarla en la vida cotidiana para saber afrontar las ampollas que irán saliendo con paciencia, sabiendo que, tarde o temprano, si se sigue caminando, se llega al albergue.
¡Me alegro tanto de haberlo hecho! Y todavía me alegra más haberme dejado convencer por Kike para comenzarlo mucho antes de Sarria.
¡Me he sentido peregrina, continuadora de una tradición que se remonta a más de mil años!
Llegar a la plaza del Obradoiro es una emoción única, mística. Sabes que estás en un lugar con una energía especial, antigua. Sentarte en el suelo, mirando a esa catedral ha sido lo mejor de mi estancia en Santiago. Fijarte en cada detalle de la fachada, contemplar la llegada de los peregrinos y emocionarte recordando la tuya, mirar a la gente que se tumba en el suelo para ver la M del mundo, se sienta a hablar o simplemente contemplar igual que yo.
Era cierto lo que decía un amigo: lo que cuenta, lo que te queda es el Camino en sí, pero también era cierto lo que decía yo: sin esa meta maravillosa, el Camino no tiene sentido (al menos para mí). Sería sólo hacer senderismo, sería hacer un viaje, una excursión. Es llegar al corazón de Santiago, a ese kilómetro 0, lo que hace que el Camino se meta en el alma y no salga nunca más...
¡¡Buen Camino!!
La vivencia se queda en el corazón y en la memoria. Hay que usarla en la vida cotidiana para saber afrontar las ampollas que irán saliendo con paciencia, sabiendo que, tarde o temprano, si se sigue caminando, se llega al albergue.
¡Me alegro tanto de haberlo hecho! Y todavía me alegra más haberme dejado convencer por Kike para comenzarlo mucho antes de Sarria.
¡Me he sentido peregrina, continuadora de una tradición que se remonta a más de mil años!
Llegar a la plaza del Obradoiro es una emoción única, mística. Sabes que estás en un lugar con una energía especial, antigua. Sentarte en el suelo, mirando a esa catedral ha sido lo mejor de mi estancia en Santiago. Fijarte en cada detalle de la fachada, contemplar la llegada de los peregrinos y emocionarte recordando la tuya, mirar a la gente que se tumba en el suelo para ver la M del mundo, se sienta a hablar o simplemente contemplar igual que yo.
Era cierto lo que decía un amigo: lo que cuenta, lo que te queda es el Camino en sí, pero también era cierto lo que decía yo: sin esa meta maravillosa, el Camino no tiene sentido (al menos para mí). Sería sólo hacer senderismo, sería hacer un viaje, una excursión. Es llegar al corazón de Santiago, a ese kilómetro 0, lo que hace que el Camino se meta en el alma y no salga nunca más...
¡¡Buen Camino!!
miércoles, 31 de julio de 2013
Octava etapa: Ribadiso - O Pedrouzo
Penúltima etapa. Al día siguiente entrábamos en Santiago. Inmensa alegría porque ya había muchas ganas y el cuerpo necesitaba un descanso, a pesar de ir bastante bien y penilla porque esto se acababa.
Esta etapa simplemente me puso de mal humor. No nos esperábamos las cuestas pronunciadas que tendríamos que subir antes del amanecer y, para colmo, con piedras sueltas del tamaño de mi puño por todo el camino, por lo que el poco bosque que nos encontramos no lo pude disfrutar, no era muy recomendable levantar la vista del suelo.
Eso sí, aunque mantenía mi buen fondo físico, los gemelos me tiraban bocados y lo pasé bastante mal.
Llegué al albergue bastante encorajinada con la etapa pero habiendo hecho un tiempo magnífico (tuvimos que esperar durante 2 horas a que abrieran). Si estaría de mala leche en esta etapa que, cuando ya quedaba poco para llegar nos adelantó una jovencita (durante todo el camino más o menos habíamos estado coincidiendo con un grupo de chavales de Cádiz). Iba con dos bastones, sin mochila y escuchando música... y me entraron ganas de darle con mi bastón en la cabeza, eso no es hacer el Camino!!!!
El albergue municipal de Pedrouzo es feo, cutre y mal equipado, por ejemplo, 4 cuerdas de tender para 120 personas que tienen bastante ropa que lavar(tuvimos que utilizar la lavadora y la secadora); una habitación repleta de camas y sólo dos enchufes... cositas así. Para olvidar, pero olvidado estaba prácticamente al instante porque al día siguiente entrábamos en la plaza del Obradoiro y esta gran aventura terminaba...
Esta etapa simplemente me puso de mal humor. No nos esperábamos las cuestas pronunciadas que tendríamos que subir antes del amanecer y, para colmo, con piedras sueltas del tamaño de mi puño por todo el camino, por lo que el poco bosque que nos encontramos no lo pude disfrutar, no era muy recomendable levantar la vista del suelo.
Eso sí, aunque mantenía mi buen fondo físico, los gemelos me tiraban bocados y lo pasé bastante mal.
Llegué al albergue bastante encorajinada con la etapa pero habiendo hecho un tiempo magnífico (tuvimos que esperar durante 2 horas a que abrieran). Si estaría de mala leche en esta etapa que, cuando ya quedaba poco para llegar nos adelantó una jovencita (durante todo el camino más o menos habíamos estado coincidiendo con un grupo de chavales de Cádiz). Iba con dos bastones, sin mochila y escuchando música... y me entraron ganas de darle con mi bastón en la cabeza, eso no es hacer el Camino!!!!
El albergue municipal de Pedrouzo es feo, cutre y mal equipado, por ejemplo, 4 cuerdas de tender para 120 personas que tienen bastante ropa que lavar(tuvimos que utilizar la lavadora y la secadora); una habitación repleta de camas y sólo dos enchufes... cositas así. Para olvidar, pero olvidado estaba prácticamente al instante porque al día siguiente entrábamos en la plaza del Obradoiro y esta gran aventura terminaba...
martes, 30 de julio de 2013
Séptima etapa: Ponte Campaña - Ribadiso da Baixo
Ese día era mi santo y por esa zona la virgen del Carmen tiene mucha devoción.
La etapa había sido algo chunga porque, después del desayuno (muy celebrado ya que pasaron al menos 3 horas desde la salida del albergue hasta que encontramos un sitio para desayunar) se me puso una bola de mucosidad o flema en la garganta y pasé mucho tiempo con fatiga y ganas de vomitar. Lo que me ayudó a echarlo todo fue una cuesta del copón que me hizo echar los higadillos, literalmente, pero ya no pude ir bien porque, con los esfuerzos, comencé a sudar exageradamente y me quedé muy floja.
Así que la etapa se me hizo muy larga aunque, en realidad, no era tan complicada como creíamos y, además, habíamos recortado muchos kilómetros gracias a nuestro método de ir adelantando de las etapas siguientes.
El albergue de Ribadiso está justo al lado del río Iso, con un puente romano, el cual, según los escritos que se conservan, es el más antiguo de Galicia.
Es muy bonito y tranquilo y llegar de la caminata y poder remojar los pies en el agua helada es una gozada.
La gracia del día vino relacionada con la comida.
Nos dijeron el día anterior que el albergue tenía cocina pero sin menaje y quiero recordar que yo llevaba desde Portomarín un paquete de espaguetis y un cartón de tomate frito (Migue llevaba el otro). Habíamos decidido comprar algo en Melide, pero llegamos tan temprano al pueblo que sólo pudimos comprar pan. Así que nos encontramos en Ribadiso con todos los avíos para un buen plato de pasta, pero sin posibilidad de cocinarlo.
Afortunadamente, unos peregrinos tenían una olla y nos la dejaron a cambio de uno de los botes de tomate (por cierto que el Camino parece que castiga la falta de generosidad. Esos mismos peregrinos tenían un colador y, sabiendo que íbamos a hacer pasta, no nos lo dejaron. Luego, cuando les tocó el turno a ellos de cocinar, se les rompió la hornilla y hasta bien entrada la tarde no empezó a funcionar, prácticamente cenaron más que almorzar).
En la olla cocinamos los espaguetis y, como no teníamos colador, a Eva se le ocurrió coger una de sus bolsas de congelador y yo, con un tenedor, le hice los boquetes. Luego en la misma olla, Kike preparó un sofrito con una cebolla que aún guardábamos y ahí mismo nos comimos nuestros espaguetis con tomate. Desde luego la necesidad es la madre de la inventiva!!
Qué mal me parece las cocinas sin menaje. No es el único albergue que está así. La verdad es que conforme te vas acercando a Santiago te vas dando cuenta del negocio que es esto. Una pena, en las etapas más alejadas sí vives un peregrinaje más auténtico.
En las zonas cercanas se convierte casi en un parque temático y buscan sacar dinero por todas partes y es injusto. Hacemos un peregrinaje y lo hacemos con su sentido de humildad incluido. Quien quiera comer en bares o de menú que lo haga, pero debe existir una opción decente para quien no quiera o no pueda.
La tarde pasó como todas las demás. Absoluta tranquilidad, sentados a la orilla del río, mirando las libélulas azules jugar. Una delicia.
El albergue de Ribadiso fue nuestro último albergue bueno, pero ya daba igual, estábamos a menos de 40 kilómetros de Santiago!!!
La etapa había sido algo chunga porque, después del desayuno (muy celebrado ya que pasaron al menos 3 horas desde la salida del albergue hasta que encontramos un sitio para desayunar) se me puso una bola de mucosidad o flema en la garganta y pasé mucho tiempo con fatiga y ganas de vomitar. Lo que me ayudó a echarlo todo fue una cuesta del copón que me hizo echar los higadillos, literalmente, pero ya no pude ir bien porque, con los esfuerzos, comencé a sudar exageradamente y me quedé muy floja.
Así que la etapa se me hizo muy larga aunque, en realidad, no era tan complicada como creíamos y, además, habíamos recortado muchos kilómetros gracias a nuestro método de ir adelantando de las etapas siguientes.
El albergue de Ribadiso está justo al lado del río Iso, con un puente romano, el cual, según los escritos que se conservan, es el más antiguo de Galicia.
Es muy bonito y tranquilo y llegar de la caminata y poder remojar los pies en el agua helada es una gozada.
La gracia del día vino relacionada con la comida.
Nos dijeron el día anterior que el albergue tenía cocina pero sin menaje y quiero recordar que yo llevaba desde Portomarín un paquete de espaguetis y un cartón de tomate frito (Migue llevaba el otro). Habíamos decidido comprar algo en Melide, pero llegamos tan temprano al pueblo que sólo pudimos comprar pan. Así que nos encontramos en Ribadiso con todos los avíos para un buen plato de pasta, pero sin posibilidad de cocinarlo.
Afortunadamente, unos peregrinos tenían una olla y nos la dejaron a cambio de uno de los botes de tomate (por cierto que el Camino parece que castiga la falta de generosidad. Esos mismos peregrinos tenían un colador y, sabiendo que íbamos a hacer pasta, no nos lo dejaron. Luego, cuando les tocó el turno a ellos de cocinar, se les rompió la hornilla y hasta bien entrada la tarde no empezó a funcionar, prácticamente cenaron más que almorzar).
En la olla cocinamos los espaguetis y, como no teníamos colador, a Eva se le ocurrió coger una de sus bolsas de congelador y yo, con un tenedor, le hice los boquetes. Luego en la misma olla, Kike preparó un sofrito con una cebolla que aún guardábamos y ahí mismo nos comimos nuestros espaguetis con tomate. Desde luego la necesidad es la madre de la inventiva!!
Qué mal me parece las cocinas sin menaje. No es el único albergue que está así. La verdad es que conforme te vas acercando a Santiago te vas dando cuenta del negocio que es esto. Una pena, en las etapas más alejadas sí vives un peregrinaje más auténtico.
En las zonas cercanas se convierte casi en un parque temático y buscan sacar dinero por todas partes y es injusto. Hacemos un peregrinaje y lo hacemos con su sentido de humildad incluido. Quien quiera comer en bares o de menú que lo haga, pero debe existir una opción decente para quien no quiera o no pueda.
La tarde pasó como todas las demás. Absoluta tranquilidad, sentados a la orilla del río, mirando las libélulas azules jugar. Una delicia.
El albergue de Ribadiso fue nuestro último albergue bueno, pero ya daba igual, estábamos a menos de 40 kilómetros de Santiago!!!
lunes, 29 de julio de 2013
Sexta etapa: Gonzar - Ponte Campaña
Ese día comenzó fatal pero terminó maravillosamente bien.
Cuando tocó acostarse el día anterior, Kike estaba muy preocupado por sus pies (con razón). Temía una infección y además le dolían mucho, así que cuando sonó el despertador al día siguiente, él decidió quedarse en el albergue y luego coger un taxi hasta Palas de Rei para que le viera un médico. Yo me sentía fatal. Por un lado, dejar el Camino, aunque sólo fuera por una etapa, era algo muy doloroso para mí y por otro lado, dejar solo a Kike me parecía cuanto menos una traición. Pero Kike no consintió que me quedara con él, según sus palabras, éste era mi viaje y tenía que continuar aunque fuera sola, afortunadamente no estaba sola: Migue y Eva me esperaban para iniciar la etapa y estuve con ellos la mar de bien, aunque con el pensamiento puesto en Kike continuamente.
La etapa fue estupenda. Fácil y divertida gracias a mis compañeros y yo seguía con un magnífico estado físico y el amanecer fue estupendo con el sol rojo rojísimo.
Tomamos el mejor desayuno de todos los que llevábamos hasta entonces: tanto el pan (he echado mucho de menos el pan de Málaga) como el café estaban deliciosos. Definitivamente, el ratito del desayuno era de lo mejor del día, siempre me sentaba estupendamente y continuaba la caminata con fuerzas renovadas y con muy buen humor.
Caminando, caminando, llegamos a Palas de Rei. Allí estaba Kike. El médico le dijo que no había nada de infección, que podía continuar el Camino y que no dejara de tomarse las pastillas y de curarse con la pomada que compramos en Triacastela.
Después de un bonito camino y de no mucho más tiempo, llegamos a lo que podría llamarse Rivendel, si no fuera porque se llamaba Casa Domingo en Ponte Campaña.
El albergue era una auténtica preciosidad, sin duda el más bonito, acogedor y tranquilo de todos los albergues a los que fuimos y los que iríamos.
Me pasé la tarde sentada en el jardín a la sombra, corría un suave viento que movía la ropa tendida, la dueña, Ana, era un encanto (nos recibió riendo y contándonos anécdotas sobre los peregrinos que habían pasado por allí), mi cama olía a galleta y el dormitorio era solo para nosotros cuatro... lo dicho, podría haberse llamado Rivendel.
Santiago estaba ya muy cerca y ya casi me estaba empezando a dar pena que el Camino llegara a su fin...
Cuando tocó acostarse el día anterior, Kike estaba muy preocupado por sus pies (con razón). Temía una infección y además le dolían mucho, así que cuando sonó el despertador al día siguiente, él decidió quedarse en el albergue y luego coger un taxi hasta Palas de Rei para que le viera un médico. Yo me sentía fatal. Por un lado, dejar el Camino, aunque sólo fuera por una etapa, era algo muy doloroso para mí y por otro lado, dejar solo a Kike me parecía cuanto menos una traición. Pero Kike no consintió que me quedara con él, según sus palabras, éste era mi viaje y tenía que continuar aunque fuera sola, afortunadamente no estaba sola: Migue y Eva me esperaban para iniciar la etapa y estuve con ellos la mar de bien, aunque con el pensamiento puesto en Kike continuamente.
La etapa fue estupenda. Fácil y divertida gracias a mis compañeros y yo seguía con un magnífico estado físico y el amanecer fue estupendo con el sol rojo rojísimo.
Tomamos el mejor desayuno de todos los que llevábamos hasta entonces: tanto el pan (he echado mucho de menos el pan de Málaga) como el café estaban deliciosos. Definitivamente, el ratito del desayuno era de lo mejor del día, siempre me sentaba estupendamente y continuaba la caminata con fuerzas renovadas y con muy buen humor.
Caminando, caminando, llegamos a Palas de Rei. Allí estaba Kike. El médico le dijo que no había nada de infección, que podía continuar el Camino y que no dejara de tomarse las pastillas y de curarse con la pomada que compramos en Triacastela.
Después de un bonito camino y de no mucho más tiempo, llegamos a lo que podría llamarse Rivendel, si no fuera porque se llamaba Casa Domingo en Ponte Campaña.
El albergue era una auténtica preciosidad, sin duda el más bonito, acogedor y tranquilo de todos los albergues a los que fuimos y los que iríamos.
Me pasé la tarde sentada en el jardín a la sombra, corría un suave viento que movía la ropa tendida, la dueña, Ana, era un encanto (nos recibió riendo y contándonos anécdotas sobre los peregrinos que habían pasado por allí), mi cama olía a galleta y el dormitorio era solo para nosotros cuatro... lo dicho, podría haberse llamado Rivendel.
Santiago estaba ya muy cerca y ya casi me estaba empezando a dar pena que el Camino llegara a su fin...
domingo, 28 de julio de 2013
Quinta etapa: Barbadelo - Gonzar
La etapa de ese día fue, sin duda, mi etapa. Estuve estupenda tanto de físico como de mente. El pesimismo se convirtió de forma natural en entusiasmo. Además, esa mañana nos levantamos mucho más temprano y el ritmo de la etapa fue constante, con Migue abriendo camino en la oscuridad a paso legionario. Y algo muy alentador: ese día bajamos de la barrera de los 100 km. Quedaban ya menos de 100 para llegar a Santiago (aunque los km gallegos hay que ponerlos siempre en cuarentena)
Tardamos en desayunar porque no había ni un triste bar por ningún lado. Cuando encontramos uno nos dirigimos a él como zombis (según palabras del camarero), pero después del desayuno y recuperar fuerzas, la alegría de continuar el Camino no me abandonó en ningún momento. Y del dolor ni me acordé, ni lesión ni rodilla ni la ingle, no me dolía nada, todavía no me lo creo. Yo iba siempre la primera y en las sombras esperaba a que llegara Kike (si me lo hubieran dicho en Málaga nunca lo habría creído)
La etapa era bastante uniforme, sin cuestas, pero muy muy larga porque ese día, al igual que la anterior, adelantamos de la del día siguiente así que, en lugar de llegar a Portomarín, fuimos hasta Gonzar y ese tramo sí fue duro por largo y pesado, en mi caso también por el calor que ya hacía y en el caso de Kike por las ampollas. Aún así llegué al albergue hecha una auténtica jabata.
Camino de Portomarín nos encontramos con una familia: Padre, madre y pequeñín de apenas un añito, el niño era una monería y muy bueno, porque hacer el Camino de Santiago con un casi bebé es tener mucho valor.
A la entrada de Portomarín encontramos el río Miño y una buena escalinata para acceder al pueblo, vamos, que está genial, llevas andando 20 km y te encuentras unas pedazos escaleras que pa qué!
En Portomarín descansamos un poco, compramos un paquete de espaguetis y tomate frito, sellamos en su iglesia (iglesia que fue reconstruida piedra a piedra cuando construyeron el embalse en el antiguo pueblo) y continuamos con lo que sería la parte más dura de la etapa.
Llegamos después de más de dos horas al albergue para descubrir que no tenía cocina, así que de espaguetis con tomate nada de nada. Aún así, llevábamos tomates, unas latas de atún y pan y la dueña nos dejó sentarnos en el comedor e, incluso, nos dejó dos tenedores para Migue y Eva.
Una vez duchada iba a lavar la ropa y no encontraba la lavandería por ninguna parte y le pregunté a la dueña. Me sacó del albergue y veo que me lleva hacia el cementerio. La lavandería estaba justo donde la tapia del cementerio!!!
En Galicia los cementerios forman parte de la vida y del paisaje cotidiano. Te los encuentras por todas partes y a pie de camino y en este caso incluso para lavar la ropa.
Gonzar tenía una entrada un poco desmoralizadora. Un montón de casas abandonadas y alguna que otra vaca, pero luego por la tarde es de agradecer la tranquilidad y el silencio. Allí conocimos también a una pareja de vascos que había vivido en Málaga durante unos años y comentando sobre el vocabulario malagueño pasamos un buen rato.
En el albergue también volvimos a coincidir con Esperanza y Alfonso así que estupendo.
Ese día fue muy bueno, me encontraba bien, muy fuerte, había acabado genial mi etapa a pesar de lo larga que fue y, además, me llevé una alegría: me di cuenta que entrábamos en Santiago un día antes de lo que yo creía. Qué más podía pedir!!!
Tardamos en desayunar porque no había ni un triste bar por ningún lado. Cuando encontramos uno nos dirigimos a él como zombis (según palabras del camarero), pero después del desayuno y recuperar fuerzas, la alegría de continuar el Camino no me abandonó en ningún momento. Y del dolor ni me acordé, ni lesión ni rodilla ni la ingle, no me dolía nada, todavía no me lo creo. Yo iba siempre la primera y en las sombras esperaba a que llegara Kike (si me lo hubieran dicho en Málaga nunca lo habría creído)
La etapa era bastante uniforme, sin cuestas, pero muy muy larga porque ese día, al igual que la anterior, adelantamos de la del día siguiente así que, en lugar de llegar a Portomarín, fuimos hasta Gonzar y ese tramo sí fue duro por largo y pesado, en mi caso también por el calor que ya hacía y en el caso de Kike por las ampollas. Aún así llegué al albergue hecha una auténtica jabata.
Camino de Portomarín nos encontramos con una familia: Padre, madre y pequeñín de apenas un añito, el niño era una monería y muy bueno, porque hacer el Camino de Santiago con un casi bebé es tener mucho valor.
A la entrada de Portomarín encontramos el río Miño y una buena escalinata para acceder al pueblo, vamos, que está genial, llevas andando 20 km y te encuentras unas pedazos escaleras que pa qué!
En Portomarín descansamos un poco, compramos un paquete de espaguetis y tomate frito, sellamos en su iglesia (iglesia que fue reconstruida piedra a piedra cuando construyeron el embalse en el antiguo pueblo) y continuamos con lo que sería la parte más dura de la etapa.
Llegamos después de más de dos horas al albergue para descubrir que no tenía cocina, así que de espaguetis con tomate nada de nada. Aún así, llevábamos tomates, unas latas de atún y pan y la dueña nos dejó sentarnos en el comedor e, incluso, nos dejó dos tenedores para Migue y Eva.
Una vez duchada iba a lavar la ropa y no encontraba la lavandería por ninguna parte y le pregunté a la dueña. Me sacó del albergue y veo que me lleva hacia el cementerio. La lavandería estaba justo donde la tapia del cementerio!!!
En Galicia los cementerios forman parte de la vida y del paisaje cotidiano. Te los encuentras por todas partes y a pie de camino y en este caso incluso para lavar la ropa.
Gonzar tenía una entrada un poco desmoralizadora. Un montón de casas abandonadas y alguna que otra vaca, pero luego por la tarde es de agradecer la tranquilidad y el silencio. Allí conocimos también a una pareja de vascos que había vivido en Málaga durante unos años y comentando sobre el vocabulario malagueño pasamos un buen rato.
En el albergue también volvimos a coincidir con Esperanza y Alfonso así que estupendo.
Ese día fue muy bueno, me encontraba bien, muy fuerte, había acabado genial mi etapa a pesar de lo larga que fue y, además, me llevé una alegría: me di cuenta que entrábamos en Santiago un día antes de lo que yo creía. Qué más podía pedir!!!
viernes, 26 de julio de 2013
Cuarta etapa: Triacastela - Barbadelo
Ese día no íbamos a seguir el itinerario que teníamos, el cual indicaba que el final de la etapa estaba en Sarria. Como eran un total de 18´3 km y nos parecía poco, decidimos adelantar de la siguiente etapa y quedarnos en Barbadelo.
Aún así, era una etapa más floja que las anteriores, pero no fue así.
El paisaje fue espectacular, al estilo asturiano. El Alto de Riocabo fue como entrar en un mundo antiguo y místico donde el verde intenso era el único protagonista, no apetecía ni hablar, sólo contemplar esos árboles, el musgo que lo cubría todo, las flores y el sonido de los pájaros. Fue el mejor día, en cuanto a belleza paisajística.
Lo malo y lo que hizo que se nos echara el tiempo encima fue, primero, que nos levantamos demasiado tarde, 6-6:30, y, segundo, mi rodilla. Al ser principalmente una etapa de bajada mi rodilla me hizo sufrir muchísimo, el dolor era insoportable, aunténticos bocados, así que tenía que ir muy lenta y a pasitos cortos.
La peor parte vino cuando llegamos a Sarria, casi todo el mundo se quedaba allí, era su final de etapa, ya podían descansar y, en cambio, a nosotros aún nos quedaba de una hora a dos de camino. Para colmo de males, teníamos que pasar por un montón de cuestas arriba y cuestas abajo (la de la salida del pueblo fue atroz, por empinada y por estar al lado del cementerio).
Ya era tarde, hacía calor, había moscas cojoneras (me tenían desesperada, aún más que el cansancio) y la llegada a Barbadelo era al pleno sol de las 2 de la tarde.
Llegamos agotados y doloridos. Además de la rodilla, comenzó a dolerme la antigua lesión que me hizo dejar el aerobic. Me sentía muy triste y pesimista. Encima estaba equivocada, se me metió en la cabeza que entrábamos en Santiago el viernes siguiente, cuando, en realidad, entrábamos el jueves.
Ese fue mi momento de inflexión, mi bajón anímico total.
Afortunadamente, después de la siesta, al levantarme, noté asombrada que no me dolía nada, me sentía fuerte, optimista e ilusionada.
Además, esa tarde fue estupenda en cuanto a la compañia. Volvimos a coincidir con Migue y Eva (la pobre también tenía los pies al estilo Kike), con Isa, el abuelo, los hermanos... En la cena fue lo más bonito y vivimos el auténtico encanto peregrino: cada uno aportó lo que tenía de comida y cenamos todos juntos. Fue genial y son esas cosas las que hacen que valga la pena los dolores y el cansancio.
A partir de ese día mi cuerpo se acostumbró a las largas caminatas y a los dolores y, lo mejor, es que ya no quedó nada de pesimismo, todo fue ilusión por llegar a Santiago. Empecé a disfrutar verdaderamente del Camino!!
Aún así, era una etapa más floja que las anteriores, pero no fue así.
El paisaje fue espectacular, al estilo asturiano. El Alto de Riocabo fue como entrar en un mundo antiguo y místico donde el verde intenso era el único protagonista, no apetecía ni hablar, sólo contemplar esos árboles, el musgo que lo cubría todo, las flores y el sonido de los pájaros. Fue el mejor día, en cuanto a belleza paisajística.
Lo malo y lo que hizo que se nos echara el tiempo encima fue, primero, que nos levantamos demasiado tarde, 6-6:30, y, segundo, mi rodilla. Al ser principalmente una etapa de bajada mi rodilla me hizo sufrir muchísimo, el dolor era insoportable, aunténticos bocados, así que tenía que ir muy lenta y a pasitos cortos.
La peor parte vino cuando llegamos a Sarria, casi todo el mundo se quedaba allí, era su final de etapa, ya podían descansar y, en cambio, a nosotros aún nos quedaba de una hora a dos de camino. Para colmo de males, teníamos que pasar por un montón de cuestas arriba y cuestas abajo (la de la salida del pueblo fue atroz, por empinada y por estar al lado del cementerio).
Ya era tarde, hacía calor, había moscas cojoneras (me tenían desesperada, aún más que el cansancio) y la llegada a Barbadelo era al pleno sol de las 2 de la tarde.
Llegamos agotados y doloridos. Además de la rodilla, comenzó a dolerme la antigua lesión que me hizo dejar el aerobic. Me sentía muy triste y pesimista. Encima estaba equivocada, se me metió en la cabeza que entrábamos en Santiago el viernes siguiente, cuando, en realidad, entrábamos el jueves.
Ese fue mi momento de inflexión, mi bajón anímico total.
Afortunadamente, después de la siesta, al levantarme, noté asombrada que no me dolía nada, me sentía fuerte, optimista e ilusionada.
Además, esa tarde fue estupenda en cuanto a la compañia. Volvimos a coincidir con Migue y Eva (la pobre también tenía los pies al estilo Kike), con Isa, el abuelo, los hermanos... En la cena fue lo más bonito y vivimos el auténtico encanto peregrino: cada uno aportó lo que tenía de comida y cenamos todos juntos. Fue genial y son esas cosas las que hacen que valga la pena los dolores y el cansancio.
A partir de ese día mi cuerpo se acostumbró a las largas caminatas y a los dolores y, lo mejor, es que ya no quedó nada de pesimismo, todo fue ilusión por llegar a Santiago. Empecé a disfrutar verdaderamente del Camino!!
jueves, 25 de julio de 2013
Tercera etapa: Laguna de Castilla - Triacastela
La etapa podía haber sido coser y cantar si mi rodilla y los pies de Kike nos hubieran dejado, pero no! Había dos tramos chungos de subida: la entrada a O Cebreiro y la Cuesta del Poio.
La primera la hicimos recién levantados, aún entumecidos, pero bien, sólo de pensar en tener que haber subido eso el día anterior se me ponían los pelos como escarpias.
La segunda, más o menos a la mitad del recorrido, ha sido dura, pero yo no sabía que era la del Poio y Kike no me lo dijo para darme la sorpresa una vez que estuviese arriba. Ni que decir tiene el tremendísimo alivio que sentí, porque ya estaba yo amargada pensando que si esa cuesta no era la del Poio, Dios mío cómo sería de chunga!!!
Por cierto, que allí me encontré el bar más estratégicamente colocado de todos los que he visto en mi vida: subes a la cima con la lengua fuera y te encuentras el bar con la terracita. No hay peregrino que no entre a tomar algo!
En O Cebreiro entramos oficialmente en Galicia, pero no había ningún indicador y nos llevamos una decepción por no poder hacernos una foto.
El paisaje fue espectacular casi todo el tiempo, sobre todo, me gustó la subida al Alto de san Roque (patrón de los peregrinos), todo intensamente verde y fresco.
Lo malo, vuelvo a decir, que han sido las lesiones que llevamos arrastrando y que han hecho del final de la etapa algo interminable. Bueno las lesiones y los kilómetros gallegos, porque no creáis que los kilómetros en Galicia funcionan igual que en el resto de España, NOOO!!!
Preguntamos a dos hombres que estaban trabajando en el campo: "¿Cuánto queda para Triacastela? -Nada, son 3 km"
Una hora andando y ni asomo del pueblo por ningún lado
Preguntamos a un hombre que nos encontramos por el camino: "¿Cuánto queda para Triacastela? -Muy poco, sólo quedan 3 km" (!!!!!!!!!)
Al fin, llegamos, exhaustos, a Triacastela. La entrada al pueblo es preciosa porque tienes que atravesar un bosque de cuento. El albergue en el que teníamos reserva era Complejo Xacobeo, el mas bonito de los 3 en los que habíamos estado.
Para la etapa siguiente nos dijeron que el paisaje seguía siendo una preciosidad, sólo había que esperar para que tanto mi rodilla como las ampollas de Kike nos dieran un respiro.
Ese día ya empecé a sentir un fuerte deseo por llegar a Santiago. El Camino era toda una experiencia, pero mucho más duro de lo que yo había imaginado y había imaginado mucho.
Aún así, estaba muy contenta de seguir adelante y de vivir esto una vez en mi vida.
Posdata: ese día abandoné definitivamente el saco de dormir.
La primera la hicimos recién levantados, aún entumecidos, pero bien, sólo de pensar en tener que haber subido eso el día anterior se me ponían los pelos como escarpias.
La segunda, más o menos a la mitad del recorrido, ha sido dura, pero yo no sabía que era la del Poio y Kike no me lo dijo para darme la sorpresa una vez que estuviese arriba. Ni que decir tiene el tremendísimo alivio que sentí, porque ya estaba yo amargada pensando que si esa cuesta no era la del Poio, Dios mío cómo sería de chunga!!!
Por cierto, que allí me encontré el bar más estratégicamente colocado de todos los que he visto en mi vida: subes a la cima con la lengua fuera y te encuentras el bar con la terracita. No hay peregrino que no entre a tomar algo!
En O Cebreiro entramos oficialmente en Galicia, pero no había ningún indicador y nos llevamos una decepción por no poder hacernos una foto.
El paisaje fue espectacular casi todo el tiempo, sobre todo, me gustó la subida al Alto de san Roque (patrón de los peregrinos), todo intensamente verde y fresco.
Lo malo, vuelvo a decir, que han sido las lesiones que llevamos arrastrando y que han hecho del final de la etapa algo interminable. Bueno las lesiones y los kilómetros gallegos, porque no creáis que los kilómetros en Galicia funcionan igual que en el resto de España, NOOO!!!
Preguntamos a dos hombres que estaban trabajando en el campo: "¿Cuánto queda para Triacastela? -Nada, son 3 km"
Una hora andando y ni asomo del pueblo por ningún lado
Preguntamos a un hombre que nos encontramos por el camino: "¿Cuánto queda para Triacastela? -Muy poco, sólo quedan 3 km" (!!!!!!!!!)
Al fin, llegamos, exhaustos, a Triacastela. La entrada al pueblo es preciosa porque tienes que atravesar un bosque de cuento. El albergue en el que teníamos reserva era Complejo Xacobeo, el mas bonito de los 3 en los que habíamos estado.
Para la etapa siguiente nos dijeron que el paisaje seguía siendo una preciosidad, sólo había que esperar para que tanto mi rodilla como las ampollas de Kike nos dieran un respiro.
Ese día ya empecé a sentir un fuerte deseo por llegar a Santiago. El Camino era toda una experiencia, pero mucho más duro de lo que yo había imaginado y había imaginado mucho.
Aún así, estaba muy contenta de seguir adelante y de vivir esto una vez en mi vida.
Posdata: ese día abandoné definitivamente el saco de dormir.
miércoles, 24 de julio de 2013
Segunda etapa: Villafranca del Bierzo - Laguna de Castilla
Ese día viví la prueba física más dura de mi vida. Realmente, no estaba preparada para lo que me esperaba porque, para más inri, Kike me había dicho que él no la recordaba tan fuerte (anda que ya le vale)
Salimos de Villafranca de noche y con linternas. Salir de noche tiene sus ventajas, pero a mí no me termina de gustar porque si hay un paisaje bonito no lo ves.
Antes del desayuno creí que lo pasaría fatal, no llevábamos caminando ni una hora y me sentía agotada y con las piernas muy pesadas, pero, al parar a desayunar en Trabadelo (entrada al pueblo absolutamente espectacular con ese bosque), me repuse muchísimo y cogí un ritmo que a Kike lo llevaba con la lengua fuera.
El camino fue una maravilla desde entonces: Vega de Valcarce, Las Herrerías, Ruitelán... pueblos la mar de bonitos, con casas adornadas de flores por todas partes, bosques, valles... todo de un verde precioso y el sonido del río, una delicia.
Lo malo comenzó al finalizar Las Herrerías. Comenzaba una ascensión de mil pares de narices, horrible. Lo único que podía hacer era concentrarme y no mirar buscando el final. En esos momentos Kike no me podía hablar, estaba muy metida en mi mundo y es que las subidas me vencen a nivel mental.
Lo bueno del primer ascenso fue el paisaje, parecía que estabas en Lothlorien. También fue estupendo la gente que iba subiendo con nosotros, sobre todo un grupo de chicos catalanes que venían con dos mujeres, todos ellos simpatiquísimos, amables... un gusto.
De todos modos y, a pesar de tanta belleza de paisaje y amabilidad peregrina, juré que no volvería a hacer la etapa de O Cebreiro nunca más.
Conseguí llegar al pueblo de La Faba muy contenta porque, supuestamente, habíamos superado lo más duro de la etapa... Ja! ingenua!!
La familia catalana se quedó en ese albergue, que se veía muy bonito, pero nosotros, animados por lo que habíamos conseguido, porque teníamos reserva en el albergue siguiente y porque nos dijeron que eran 2 kilómetros, continuamos con la esperanza de que en una hora, como mucho, estaríamos descansando.
Ahí comenzó realmente la prueba.
Eran más de las 12, llevábamos ya encima 7 horas caminando, el camino se estrechaba y disponía de poca sombra. La subida fue lenta, agotadora y dolorosa. Kike se quedaba atrás porque le habían salido ampollas por todo el pie.
En una parada para que medio se arreglara los pies, llegaron un montón de vacas que me pusieron de los nervios: Camino estrecho + Kike sentado + 12 ó 13 vacas!!!! Menos mal que las vacas pasaron tranquilamente y nos dejaron en paz, pero se me hizo eterno.
Seguimos hacia adelante (qué otra cosa podíamos hacer, estábamos en mitad de ninguna parte). El camino nunca acababa. Laguna no aparecía detrás de ningún recodo. Fue agobiante.
Yo no hacía más que pensar en la tarde que organizamos la ruta a seguir. Yo quería empezar en Sarriá porque era lo mínimo indispensable para que te dieran la compostelana, pero Kike me animó para empezarla desde Ponferrada al menos.
¡¡Maldita la hora en la que le hice caso!! ¡¡Qué necesidad tenía yo de sufrir tanto!!
Total, que la ascensión no terminaba y la impotencia llegaba ya a niveles máximos al igual que el cansancio, sin darme cuenta empecé a llorar de rabia y en esos momentos sí que me molestaba que Kike me hablase, lo veía como al culpable de todo.
Afortunadamente llegamos al albergue. Era muy bonito y limpio, pequeñito y acogedor. El techo de la habitación era abuhardillado y las camas no están pegadas como sardinas (cosa que nos dijeron que podía ocurrir en O Cebreiro).
Una vez bien comidos, duchados y descansados, nos sentamos al fresquito en la puerta. Se escuchaban truenos en la lejanía pero allí todo era calma. Conocimos a Migue y Eva y también a Alfonso y Esperanza. Pasamos una tarde estupenda hablando, riendo, comentando las incidencias de la etapa y planeando las siguientes. Fue estupendo!
Mañana comenzaríamos con lo que era el final de esta etapa: la subida a O Cebreiro. Se suponía que la etapa no sería tan dura y yo rezaba porque así fuese porque tenía agujetas en las agujetas y la rodilla izquierda me pegaba bocados.
A pesar de todo lo sufrido, es cierto que cuando llegas al albergue te sientes muy orgullosa de haber superado los dolores y la desesperación. Es una prueba que has superado y te das cuenta de tu fortaleza. La verdad es que es un sentimiento genial!
Salimos de Villafranca de noche y con linternas. Salir de noche tiene sus ventajas, pero a mí no me termina de gustar porque si hay un paisaje bonito no lo ves.
Antes del desayuno creí que lo pasaría fatal, no llevábamos caminando ni una hora y me sentía agotada y con las piernas muy pesadas, pero, al parar a desayunar en Trabadelo (entrada al pueblo absolutamente espectacular con ese bosque), me repuse muchísimo y cogí un ritmo que a Kike lo llevaba con la lengua fuera.
El camino fue una maravilla desde entonces: Vega de Valcarce, Las Herrerías, Ruitelán... pueblos la mar de bonitos, con casas adornadas de flores por todas partes, bosques, valles... todo de un verde precioso y el sonido del río, una delicia.
Lo malo comenzó al finalizar Las Herrerías. Comenzaba una ascensión de mil pares de narices, horrible. Lo único que podía hacer era concentrarme y no mirar buscando el final. En esos momentos Kike no me podía hablar, estaba muy metida en mi mundo y es que las subidas me vencen a nivel mental.
Lo bueno del primer ascenso fue el paisaje, parecía que estabas en Lothlorien. También fue estupendo la gente que iba subiendo con nosotros, sobre todo un grupo de chicos catalanes que venían con dos mujeres, todos ellos simpatiquísimos, amables... un gusto.
De todos modos y, a pesar de tanta belleza de paisaje y amabilidad peregrina, juré que no volvería a hacer la etapa de O Cebreiro nunca más.
Conseguí llegar al pueblo de La Faba muy contenta porque, supuestamente, habíamos superado lo más duro de la etapa... Ja! ingenua!!
La familia catalana se quedó en ese albergue, que se veía muy bonito, pero nosotros, animados por lo que habíamos conseguido, porque teníamos reserva en el albergue siguiente y porque nos dijeron que eran 2 kilómetros, continuamos con la esperanza de que en una hora, como mucho, estaríamos descansando.
Ahí comenzó realmente la prueba.
Eran más de las 12, llevábamos ya encima 7 horas caminando, el camino se estrechaba y disponía de poca sombra. La subida fue lenta, agotadora y dolorosa. Kike se quedaba atrás porque le habían salido ampollas por todo el pie.
En una parada para que medio se arreglara los pies, llegaron un montón de vacas que me pusieron de los nervios: Camino estrecho + Kike sentado + 12 ó 13 vacas!!!! Menos mal que las vacas pasaron tranquilamente y nos dejaron en paz, pero se me hizo eterno.
Seguimos hacia adelante (qué otra cosa podíamos hacer, estábamos en mitad de ninguna parte). El camino nunca acababa. Laguna no aparecía detrás de ningún recodo. Fue agobiante.
Yo no hacía más que pensar en la tarde que organizamos la ruta a seguir. Yo quería empezar en Sarriá porque era lo mínimo indispensable para que te dieran la compostelana, pero Kike me animó para empezarla desde Ponferrada al menos.
¡¡Maldita la hora en la que le hice caso!! ¡¡Qué necesidad tenía yo de sufrir tanto!!
Total, que la ascensión no terminaba y la impotencia llegaba ya a niveles máximos al igual que el cansancio, sin darme cuenta empecé a llorar de rabia y en esos momentos sí que me molestaba que Kike me hablase, lo veía como al culpable de todo.
Afortunadamente llegamos al albergue. Era muy bonito y limpio, pequeñito y acogedor. El techo de la habitación era abuhardillado y las camas no están pegadas como sardinas (cosa que nos dijeron que podía ocurrir en O Cebreiro).
Una vez bien comidos, duchados y descansados, nos sentamos al fresquito en la puerta. Se escuchaban truenos en la lejanía pero allí todo era calma. Conocimos a Migue y Eva y también a Alfonso y Esperanza. Pasamos una tarde estupenda hablando, riendo, comentando las incidencias de la etapa y planeando las siguientes. Fue estupendo!
Mañana comenzaríamos con lo que era el final de esta etapa: la subida a O Cebreiro. Se suponía que la etapa no sería tan dura y yo rezaba porque así fuese porque tenía agujetas en las agujetas y la rodilla izquierda me pegaba bocados.
A pesar de todo lo sufrido, es cierto que cuando llegas al albergue te sientes muy orgullosa de haber superado los dolores y la desesperación. Es una prueba que has superado y te das cuenta de tu fortaleza. La verdad es que es un sentimiento genial!
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