domingo, 28 de julio de 2013

Quinta etapa: Barbadelo - Gonzar

La etapa de ese día fue, sin duda, mi etapa. Estuve estupenda tanto de físico como de mente. El pesimismo se convirtió de forma natural en entusiasmo. Además, esa mañana nos levantamos mucho más temprano y el ritmo de la etapa fue constante, con Migue abriendo camino en la oscuridad a paso legionario. Y algo muy alentador: ese día bajamos de la barrera de los 100 km. Quedaban ya menos de 100 para llegar a Santiago (aunque los km gallegos hay que ponerlos siempre en cuarentena)


Tardamos en desayunar porque no había ni un triste bar por ningún lado. Cuando encontramos uno nos dirigimos a él como zombis (según palabras del camarero), pero después del desayuno y recuperar fuerzas, la alegría de continuar el Camino no me abandonó en ningún momento. Y del dolor ni me acordé, ni lesión ni rodilla ni la ingle, no me dolía nada, todavía no me lo creo. Yo iba siempre la primera y en las sombras esperaba a que llegara Kike (si me lo hubieran dicho en Málaga nunca lo habría creído)


La etapa era bastante uniforme, sin cuestas, pero muy muy larga porque ese día, al igual que la anterior, adelantamos de la del día siguiente así que, en lugar de llegar a Portomarín, fuimos hasta Gonzar y ese tramo sí fue duro por largo y pesado, en mi caso también por el calor que ya hacía y en el caso de Kike por las ampollas. Aún así llegué al albergue hecha una auténtica jabata.
Camino de Portomarín nos encontramos con una familia: Padre, madre y pequeñín de apenas un añito, el niño era una monería y muy bueno, porque hacer el Camino de Santiago con un casi bebé es tener mucho valor.
A la entrada de Portomarín encontramos el río Miño y una buena escalinata para acceder al pueblo, vamos, que está genial, llevas andando 20 km y te encuentras unas pedazos escaleras que pa qué!




En Portomarín descansamos un poco, compramos un paquete de espaguetis y tomate frito, sellamos en su iglesia (iglesia que fue reconstruida piedra a piedra cuando construyeron el embalse en el antiguo pueblo) y continuamos con lo que sería la parte más dura de la etapa.


Llegamos después de más de dos horas al albergue para descubrir que no tenía cocina, así que de espaguetis con tomate nada de nada. Aún así, llevábamos tomates, unas latas de atún y pan y la dueña nos dejó sentarnos en el comedor e, incluso, nos dejó dos tenedores para Migue y Eva.
Una vez duchada iba a lavar la ropa y no encontraba la lavandería por ninguna parte y le pregunté a la dueña. Me sacó del albergue y veo que me lleva hacia el cementerio. La lavandería estaba justo donde la tapia del cementerio!!! 
En Galicia los cementerios forman parte de la vida y del paisaje cotidiano. Te los encuentras por todas partes y a pie de camino y en este caso incluso para lavar la ropa.
Gonzar tenía una entrada un poco desmoralizadora. Un montón de casas abandonadas y alguna que otra vaca, pero luego por la tarde es de agradecer la tranquilidad y el silencio. Allí conocimos también a una pareja de vascos que había vivido en Málaga durante unos años y comentando sobre el vocabulario malagueño pasamos un buen rato.
En el albergue también volvimos a coincidir con Esperanza y Alfonso así que estupendo. 


Ese día fue muy bueno, me encontraba bien, muy fuerte, había acabado genial mi etapa a pesar de lo larga que fue y, además, me llevé una alegría: me di cuenta que entrábamos en Santiago un día antes de lo que yo creía. Qué más podía pedir!!!

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