Esta historia me la contó una vieja medio loca en Triacastela. Yo la he convertido en relato, para que sea más fácil de leer. Ahí va!
Era otoño. El frío del norte y la
poca compañía hacía que me concentrase aún más en el dolor de
mis pies. Cada paso era una maldición que me subía por dentro, como
si andase sobre miles de alfileres demasiado aguzados y largos. Por
eso andaba muy lentamente, y me había acabado quedando solo.
Bajaba por un camino de ensueño, poco
después de una dormida aldea llamada San Xil. Los árboles formaban
un pasillo, y las piedras del camino y de los muros que lo cercaban
tenían el tono de la piedra mojada y el musgo. Me paré y me
descalcé. El lugar era mágico, pero el dolor me sacaba de aquella
ilusión a latidos cortos y profundos.
De pronto vi algo extraño. Era como
una pequeña bruma, como un espejismo que parecía tener una forma
conocida, pero que al instante cambiaba y se deshacía en volutas
evanescentes y brillantes. Lo único que no desaparecía eran cuatro
puntos de luz, que cambiaban continuamente de color. Pronto comencé
a escuchar un canturreo, que sonaba como si un niño -o un pájaro-
cantase desde el fondo de un pozo. Unas risas me helaron la sangre, y
traté de calzarme para salir corriendo, pero se me cayó una bota y
estuve a punto de caer al suelo. La bota rodó brevemente y cayó
entre unas piedras, y los puntos de luz y la bruma flotaron hacia
ella, la recogieron y la posaron frente a mí.
<<Qué corazón más pequeño
tiene este humano>> -oí, con esa voz extraña y aguda. <<Qué
pena, mírale los pies>> -dijo otra, en un tono algo menos
agudo.
Entonces, como embriagado por aquel
ambiente onírico, dije algo que me sorprendió: <<Si me
ayudáis a caminar os doy lo que me pidáis>>. No hube
terminado de decirlo cuando, consciente de lo extraño que era todo,
un calambre de terror recorrió mi pecho y mis brazos.
El mismo impulso se apoderó de mi boca
de nuevo, y oí que mi voz dijo: <<Si os metéis en mis botas
caminaré rápido>>.
Volví a oír el canturreo y las risas:
<<Eres tonto humano. Si andamos por ti con lo mal que tienes
los pies sufrirás muchísimo>>.
<<Entonces id soplándome en los
pies mientras camináis. Así seguro que se calmará mi dolor>>
Volví a escuchar más canturreos,
risas y una conversación en idioma extraño. En un tiempo que me
pareció eterno -de hecho ya estaba atardeciendo- volvieron a
hablarme.
<<De acuerdo>> -dijeron.
<<Pero nosotros no podemos alejarnos mucho de este bosque, así
que te acompañaremos hasta que te vayas a dormir, y entonces nos
volveremos a casa. Cada día tendrás que renovar el trato con alguno
de nuestros hermanos>> -canturrearon con voz jocosa. <<Y
como pago te pedimos una gota del agua que guardan en el gran templo
donde tienen enterrado al hombre santo, esa que usáis los humanos
para curar cosas y echársela a los bebés para asustarlos>>.
<<¿Y para qué queréis agua
bendita?>> Dije sorprendido, esta vez menos embelesado.
<<¡Qué humano tan
entrometido!>> -rieron a la vez. <<Sólo te diremos que
nos queda lejos, y que algunos de nuestros mayores consideran esos
lugares impíos para los nuestros>>.
Medité un momento. Sin saber si
aquello era una alucinación producida por el dolor, o si me había
vuelto loco, me dejé llevar y seguí la conversación. <<¿Cómo
hago para daros el agua, si me tenéis que abandonar cada noche?>>
-pregunté.
<<Cuando entres en el templo
mójate un dedo en el agua, y trata de que nuestra gota no caiga al
suelo. Sin que te vean sal de allí y lanza la gota al aire. Tenemos
métodos para que, si lo haces bien, nos llegue hasta aquí>>
Acepté y se metieron en mis botas. Me
calcé y comencé a andar, y en un par de minutos alcancé un ritmo
impresionante. Siempre que me empezaban a doler las llagas una brisa
me aliviaba. Ese día, después de todo el dolor y el sufrimiento, me
permití incluso cantar de alegría. No llegué muy tarde al
albergue, cansado y macerado por el camino. Pero con los pies mucho
más reposados.
Mis compañeros de camino me recibieron
con alegría, y yo les respondí con una alegría mayor. Festejamos
frugalmente, con un poco de vino y buena comida, y cuando tuve un
momento libre salí al fresco, me despedí de los seres y estos se
alejaron canturreando nuestro pacto. Esa noche dormí como un niño
que se siente seguro.
Al día siguiente me despertó un helor
en las mejillas. Abrí los ojos y vi otras cuatro luces, rodeadas por
un halo a veces vaporoso, a veces sutilmente sólido y con una forma
vagamente reconocible. Acordamos el mismo pacto que el día anterior,
preparé mi mochila y comencé a andar. Ese día fui el primero en
llegar, para extrañeza de los demás peregrinos, y tuve que
justificarme diciendo que me estaba recuperando bien. Por la noche me
despedí de mis ayudantes, que volvieron a recordarme nuestro pacto.
Ya eran dos las gotas que debía.
Así transcurrieron los días, sin más
sucesos de interés que el extraño pacto que renovaba cada mañana y
las suspicacias de algún compañero peregrino. Incluso uno llegó a
decirme, airado, que lo mío tenía todos los indicios de ser
brujería, y de la mala. Yo no respondí, más que nada porque no
sabía qué era aquello.
Llegué a Santiago. Fue uno de los
momentos más emocionantes y bellos de mi vida. La gente cantaba,
lloraba, se abrazaban entre sí cuando alcanzaban la plaza grande de
la catedral. Y yo, de la alegría, casi olvido mi pacto, pero un
pellizco en el meñique izquierdo me recordó mi parte del contrato.
Así que entré en la catedral y, tras sentirme sobrecogido por el
trasiego de peregrinos, de devotos, la imagen del santo y la
sensación de que aquello era un lugar mágico, me dirigí a una de
las pilas de agua bendita. Antes de meter los dedos -seis eran las
gotas que debía- vi de soslayo como alguien me señalaba. Era el
peregrino que me había acusado de brujería, que hablaba enfurecido
con un sacerdote. El sacerdote me lanzaba miradas inquisitivas, y
comenzó a venir hacia mi. Entonces noté cómo el vapor salía de
mis botas, y los cuatro puntitos comenzaron a volar por la catedral.
Jugaron con el botafumeiro, escandalizaron a unas devotas, apagaron y
encendieron la velas... Parecían divertirse mucho, mientras los
peregrinos y visitantes corrían y gritaban. El sacerdote ya no me
miraba, sino que estaba profundamente atento a aquel caos. Y yo
aproveché y metí mis manos enteras en el agua bendita.
Salí corriendo, intentando no perder
demasiada agua. Salí con bastantes problemas, pero salí con agua en
mis manos. Entonces, en lo alto de la escalinata de la fachada de las
platerías, levanté mis manos con rapidez. Las gotas volaron,
escuché un chasquido agudo y lejano y, sabiendo que ya había
cumplido mi parte del pacto, me perdí por las callejuelas del casco
antiguo de la ciudad. Nunca volví a saber de aquellos seres
extraños, y nunca volví a entrar en la catedral, por si aquel
sacerdote sigue acordándose de aquel peregrino acusado de brujería,
del cual surgieron las brumas que tanto trastearon en la catedral.
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